Los chimanes de Maraca’tunsi:
tras su Loma Santa arrebatada

Texto: Karen Gil - Fotografías: Manuel Seoane

5 de febrero de 2020

—¿Cuánto mide la pista? —pregunta Casimiro Canchi Tamo, comunario chiman

—Unos 700 metros de largo, —contesta Santos Canchi, su primo, mientras camina por medio de un gran espacio deforestado en medio del bosque, a poco más de media hora de Maraca’tunsi, una comunidad Tsimané de San Ignacio de Moxos, Beni.

—¿Cada cuánto llegaban las avionetas? —pregunto.

—Una por mes, traía sus víveres, —contesta Santos.

—¿Hasta qué año venían?

—2010.

Explica Santos, el corregidor de Maraca’tunsi, sobre las avionetas del aserradero San Ambrosio, que llegó en la década de 1990 a explotar la riqueza forestal del lugar y para hacer más fácil el traslado de alimentos, personal e insumos habilitó una pista de aterrizaje cerca a la maderera que erigió en medio de la Amazonía beniana.

Son las cuatro y media de la tarde de un martes de septiembre de 2019 y caminamos por la pista aérea que aún se mantiene bien conservada. Está a unos 30 minutos de otrora Cujma’tunsi, lugar de nacimiento de Santos y Casimiro y donde se instaló la maderera.

Santos —28 años, piel clara, ojos achinados, cuerpo menudo y visera de jean— es uno de los pocos comunarios de Maraca’tunsi que habla español fluido, la mayoría de estos como el resto de los más de 8.500 chimanes que habitan el Beni preserva su idioma nativo.

Atrás de nosotros viene una pareja de chimanes con su hijo a cuestas, que aprovechará nuestra visita al aserradero para cosechar naranjas de los árboles aledaños; no es un lugar al que le guste ir a menudo.

El arribo de la empresa se dio a raíz de que el Estado boliviano habilitó a finales de los 80 las concesiones de estos espacios territoriales habitados por comunidades indígenas hace siglos.

Eso sucedió porque en 1986 el Estado emitió un Decreto Supremo en el que levantaba el estatus de Reserva Forestal de Inmovilización, de 1979, que protegía un área de 1,2 millones de hectáreas del sur de la Amazonía beniana, conocido como el Bosque de Chimanes, que incluye lo que ahora es el Territorio Indígena Multiétnico (TIM), donde está Maraca’tunsi, y el Territorio Indígena de Chimanes (TICH), explica Fátima Monasterios, investigadora del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (CEJIS).

“A pesar de que se conocía la existencia de numerosas comunidades indígenas en Bosque de Chimanes, en este proceso de adjudicación de concesiones, no se consideraron los problemas que las empresas ocasionarían a los pueblos que vivían en este espacio territorial”, cuenta Monasterios.

En esa época se concesionó a siete empresas, muchas de las cuales ya estaban ilegalmente antes explotando los árboles de maras, que tienen una de las maderas de mejor calidad.

Lo que más recuerda Manuel Canchi, abuelo de Santos, es que estas arrasaron con los árboles más grandes y gruesos en varios lugares de este territorio.

La presencia de las empresas forestales y los avasallamientos continuos en la Amazonía beniana fueron los principales factores para que el 15 de septiembre de 1990 iniciara la emblemática primera Marcha Indígena Por el Territorio y la Dignidad.

“La marcha del 90 es un hito tan importante que se podría considerar como un mito fundacional. Es algo mágico, es el primer momento en que el Estado se ha dado cuenta que los pueblos indígenas existían”, explica Martín Torrico, investigador del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca).

Tras 35 días de caminata de la ciudad beniana de Trinidad a La Paz, la Marcha logró la aprobación de cuatro decretos supremos en beneficio de los pueblos originarios. Uno de ellos fue el DS 22611, que declaró a la región de chimanes como área indígena. Estableció la creación del TICH y del TIM, reconociendo a este último 352.000 hectáreas pertenecientes a los pueblos indígenas mojeño trinitario, mojeño ignaciano, movima, yuracaré y chimán.

Además, entre otras áreas, creó el Área de Aprovechamiento Forestal, que establecía que las madereras debían suscribir contratos durante 20 años y luego de ese plazo esas tierras pasarían a propiedad de los indígenas.

Así llegó el aserradero San Ambrosio —que pertenece a la empresa Hervel que ya explotaba en otros puntos del territorio— y se estableció a mediados de la década del 90 a unos metros de Cujma’tunsi, que albergaba a al menos 12 familias chimanes, pero ello no le detuvo porque ese lugar era rico en árboles de mara y almendrillos o cujmas, en chiman; de este último proviene el nombre de la comunidad y del río de la zona.

Su presencia cambió drásticamente la vida de los comunarios. Santos cuenta que desde que llegó, incluso, el río y la comunidad fueron renombrados como San Ambrosio.

El aserradero que construyeron invadió la tranquilidad de Cujma’tunsi.

—Las empresas sacaban madera, los tumbaban y llevaban como troncas con grandes máquinas que hacían ruido, — recordaba ayer don Manuel, en el patio de su casa en Maraca’tunsi, adonde fue a refugiarse poco tiempo después de la llegada de San Ambrosio.

Imagen

Manuel tiene unos 90 años, es el único comunario nonagenario en Maraca’tunsi, que significa lugar donde hay naranja y que también se la conoce como Naranjal.

Fue uno de los primeros pobladores de Cujma’tunsi. Llegó a sus 18 años a fines de la década del 40, desde el otro lado del Bosque de Chimanes, a la altura del río Maniqui, de San Borja. El, su esposa y otros comunarios caminaron más de 140 kilómetros en búsqueda de la Loma Santa.

La Loma Santa es ese lugar que fue concebido por los indígenas de tierras bajas, principalmente por los mojeños, debido a que desde finales del siglo XVII los habitantes ancestrales de lo que era el Gran Mojos fueron reducidos por distintos actores, lo que provocó una “fuga al monte”, mientras sus pueblos eran ocupados, en los siguientes siglos, por criollos y mestizos.

“El alejamiento de los centros poblados hacia el bosque fue una constante, sobre todo del pueblo Chimán”, dice Monasterios.

Por eso, los pueblos chimanes —al igual que los mojeños, yuracaré y movimas— tenían bastante movilidad poblacional, es decir, iban en búsqueda de nuevos espacios que les brindaban las condiciones naturales y sociales adecuadas. Esa búsqueda además era una suerte de reapropiación de sus tierras.

“Mis abuelos vinieron buscando la Loma Santa, para que vivan bien, para que no peleen. Mi abuelo me contó que han chaqueado lo necesario para producir y tener su chicha y su comida”, cuenta Santos.

Su abuelo Manuel ya no ve, ni escucha y se le dificulta caminar solo, pero aún su memoria retiene los años de la invasión de San Ambrosio.

—¿Qué es lo que más te acuerdas cuando llegaron las concesiones madereras?, —le preguntó ayer Santos en chimán.

—Tumbaban las maderas y no pagaban nada. Saqueaban la madera, —dijo, mientras se limpiaba tembloroso las lágrimas de sus ojos ciegos.

—Todo lo saquearon. Ahora necesito una madera grande para mi casco (canoa) para el tiempo de agua, pero no hay. Todo lo saquearon no dejaron nada en recompensa, ni una posta de salud, ni una señal de teléfono, nada, —lamentó Santos.

Cuando él tenía ocho años, las familias de Cujma’tunsi decidieron abandonar el lugar. Fabio Garbari, sacerdote de la Parroquia de San Ignacio, dice que fue una expulsión indirecta causada por la maderera.

“Resonaba más la empresa que la comunidad, tanto que los ha expulsado; toditos están en Naranjal. Prácticamente ha habido una expulsión; el Chimán se retira, no es guerrero”, dice Garbari, quien acompaña la lucha indígena de San Ignacio de Moxos, desde 2013.

Así Manuel y el resto de las familias llegaron a Maraca’tunsi, donde actualmente residen.

Desde allá caminamos poco más de una hora entre los senderos que une ambos lugares y solo se puede transitar a pie; parte del camino que habilitó la empresa desde Cujma’tunsi a San José, por donde sacaba la producción hacia San Ignacio, se cerró en estos nueve años.

Imagen

A unos 1.000 metros del final de la pista de aterrizaje, Santos escucha un ruido lejano que lo asusta, alza un palo del suelo e inmediatamente se oye más fuerte los feroces ladridos de cuatro perros.

Son los animales del cuidador que vigila las maquinarias que San Ambrosio dejó en 2010, 20 años después de que se firmara o reactualizara las concesiones.

Los perros se acercan con violencia pero son frenados por Casimiro, Evaristo, otro comunario, y el profesor, un guaraní que llegó la anterior semana.

A Santos le asusta venir acá, por eso siempre que puede lo hace acompañado de varias personas.

—Quieto, quieto, —le dice Mucheiro, el sereno a uno de los perros y luego se dirige a nosotros —Buenas tardes.

Todos contestamos el saludo, mientras llegamos a la entrada del aserradero.

—Hemos venido a que conozcan el lugar los hermanos, —le dice Santos.

—Sigan no más, —responde y se para a un lado a hablar con el profesor y Evaristo.

Una gran construcción de maderas y techos de calamina amarilla aún alberga la maquinaria pesada.

“Con esto cortaban madera”, dice Santos que ve con detenimiento el estado de las máquinas, dejadas cuando la empresa cerró hace nueve años.

También hay un motor de luz de alta potencia y fardos listos de madera que no fueron despachados.

Hay una gran tronca de almendrillo sobre los rieles que servían para trasladar material.

Un olor a viejo y húmedo predomina en el lugar y casi todas las tablas están corroídas.

—Cuidado se caigan, las maderas ya están viejísimas—, advierte el profesor.

—¿Y estas máquinas servirán? —pregunta Manuel Seoane, el fotógrafo con quien llegamos hace una semana desde La Paz.

—Deben servir, pero hay que cambiar algunas piezas, —responde Casimiro, quien era el anterior corregidor de Naranjal.

Santos cree que la empresa dejó todo el aserradero listo porque en estos nueve años tenía la intención de volver a operar.

“Pero nosotros no queremos ya que saquen madera. No dejan nada bueno y la comunidad y el territorio no gana nada”, dice.

Imagen

La expectativa de la empresa se dio porque después de 2011, cuando se suponía que las tierras concesionadas a las empresas retornarían a manos de los indígenas, el Estado —administrado por el Gobierno de Evo Morales— decidió, a través de una Resolución Administrativa del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), que estas serían áreas fiscales y disponer de ellas.

“Se prohíbe asentamientos, ocupación de hecho de personas individuales y colectivas en tierras de propiedad del Estado”, reza un letrero a unos metros del aserradero, que aún permanece, aunque este lugar ya no sea tierra fiscal desde agosto de este año.

A cinco minutos del aserradero está donde Santos nació. Nos lleva allí a Manuel y a mí, a modo de alejarse de los perros.

En el lugar ve con detenimiento los matorrales y árboles de lima y naranja y otras especies que cubrieron la huella de su casa, de la que no queda ningún rastro. El éxodo de Cujma’tunsi incluyó a las viviendas, que fueron trasladadas en partes —durante una semana— hasta Maraca’tunsi.

—Allá hicimos otra casa, pero vamos a volver aquí. Voy hacer mi casa nueva. No quiero abandonar mi comunidad Cujma’tunsi.

—¿Cuándo?

—Que se lleven las máquinas.

—¿Por qué?

—Es que sería más mejor así, —dice, mientras se dirige adonde estaba la casa de su abuelo y levanta algunas ramas— Hay que limpiar harto.

—¿Por qué no han botado a las madereras en vez de irse ustedes?

—Porque mis abuelos no tenían las fuerzas para botar a las empresas, pero ahorita nos hemos reunido con los otros pueblos, por eso tenemos fuerza para botarlas porque no queremos que saquen madera —dice, mientras comienza caminar.

De retorno, nos lleva por otro camino, así evita pasar por donde están los perros y el aserradero, que es el símbolo del despojo y que aún le significa amenaza.

La fiesta en Maraca'tunsi

Dos petardos son detonados al aire. Una melodía aguda de la flauta de Casimiro y ritmo lento y persistente del tambor de otro comunario llenan el espacio de música amazónica. Es las cero horas del domingo 15 de septiembre de este año y así inicia oficialmente la fiesta en Maraca’tunsi.

Los músicos están en una esquina del cabildo, una construcción con pilares de palos de almendrillo y paredes y techo de jatata. En los más de 15 metros de largo por cinco de ancho, unos 30 chimanes están sentados en las bancas. Son los que aguantaron al velorio, como le dicen por acá a la víspera de las fiestas; varias mujeres, niños y adolescentes se fueron a dormir hace una hora.

Los asistentes escuchan atentos la tonada de los músicos, quienes tocan muy cómodos ante la cámara del fotógrafo.

“Toque, toque”, anima a los músicos Santos.

Hay un ambiente festivo en el espacio, aunque los chimanes lo celebran de forma silenciosa casi ceremoniosa; de rato en rato cruzan palabras pero después simplemente disfrutan el momento.

Esta fiesta se celebra desde 1992, aunque hasta algunos años se realizaba el 2 de abril, pero a causa de que esa fecha cae en época de lluvia se trasladó al 15 de septiembre, para que los visitantes de otras comunidades puedan llegar a pie en medio del bosque.

Imagen

Desde la mañana de este sábado comenzaron a llegar familias enteras de chimanes de Jorori, Chirisi, San Salvador, Piñal y otros lugares cercanos; también vinieron unos comunarios mojeño trinitarios que habitan algunas de esas comunidades.

Además, hace unos días llegaron visitantes del centro poblado de San Ignacio de Moxos: dos padres y una voluntaria de la parroquia y un investigador del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca). Estos viajaron dos horas en automóvil y cuatro en motocicleta, este último transporte es el único que puede atravesar los angostos senderos que se abren paso entre los árboles y las matas desde la comunidad Monte Grande.

La cotidianidad apacible de la vida de los chimanes se vio alterada por los preparativos de la fiesta. Hace más de una semana no hubo familia de las 40 que habitan Maraca’tunsi que no haya estado en el ajetreo.

Sentadas en el suelo al pie de las puertas de sus casas, las mujeres y las niñas mascaban una y otra vez la yuca y la escupían en los baldes de plástico que de apoco se iban llenando de chicha. Esta labor, dependiendo de la cantidad, les demandaba unas tres o cinco horas de masticado.

En otras casas, las abuelas aplastaban el plátano frito en el mortero para preparar el masaco y lo vaciaban en una gran olla, en la que luego mezclaban los pedazos de carnes silvestres charqueadas. Los adolescentes también ayudaban, en muchos casos eran los encargados de preparar el payuje, que es un fresco de plátano macho molido. El plátano, en todas sus variedades, es uno de los principales productos que producen por acá y que están presenten en todas las comidas.

Los hombres cruzaban la cancha con sus flechas y sus escopetas por la noche para adentrarse en lo profundo del bosque y por la mañana del día siguiente retornaban cargados de jochi, tropero, venado u otro animal salvaje.

Casi todos los comunarios se empeñaron en alistar todo para la fiesta, porque la celebración de este año es doblemente especial. Es la primera vez que se celebra luego de que el TIM recibiera oficialmente los títulos ejecutoriales de 183.722 hectáreas del territorio, esas mismas hectáreas que hasta el 2011 las concesiones madereras disponían de su riqueza forestal.

De ese modo, después de casi 10 años de lucha, se reconoce como dueños de estos parajes a los cinco pueblos indígenas que habitan ancestralmente esta parte de la Amazonía.

“Ahora sí tenemos el título como dueños legítimos que somos”, me dijo Santos hace un momento mientras recordaba que hasta el 15 de agosto de este año el Estado boliviano no los reconocía como tal.

El ritmo del tambor es intermitente y algo lento mientras que el de la flauta es continuo y es el que más envuelve el espacio. Casimiro —unos 50 años, delgado, piel morena— luce su destreza con la flauta que toca con su mano izquierda y su muñón derecho.

En plena tocada, María, de unos 50 años, entra con un gran olla de arroz y otra mujer más joven la sigue con generosos trozos de carne a la brasa. Ambas esperan en una de las dos entradas al cabildo hasta que la música finalice. Tras la última tonada ingresan. Los dos primeros platos son para las visitas, luego para el corregidor, los músicos y el resto.

El olor de la res recién carneada impregna todo el espacio. Todos disfrutan de la comida preparada por varios de los habitantes de Maraca’tunsi. Algunos contribuyeron encendiendo las brasas, otros fileteando la carne, preparando el arroz, trasteando agua y otros tantos fueron los que mataron a la vaca.

Esa tarea no fue fácil. Unos 15 comunarios se reunieron a mediodía del sábado en la esquina de la cancha, ubicada al ingreso a la comunidad y adonde llevaron al ganado para tal cometido. Gerardo, el encargado de matarla, veía con detenimiento a la que fue elegida el día anterior: blanca, joven y principalmente soltera; los chimanes no estaban dispuestos a dejar a ningún ternero huérfano.

Gerardo, premunido de su arco y flecha, calculó por varios segundos para que el tiro sea certero a la cabeza. Tras un silencio disparó, pero la flecha llegó al costado derecho de la wacha, quien se balanceó con el impacto pero a los segundos recuperó el equilibrio y se echó a correr secundada del resto de sus compañeras.

El hato escapó en dirección al cabildo, se agazapó entre los árboles de naranja hasta llegar al otro lado del río.

“Bala, bala”, se escuchaba y Mateo alistó la pistola de perdigones. Luego de detectar a la herida que se camufló entre las otras vacas, disparó varias veces, algunos de los tiros le llegaron pero no tumbaron a aquella bestia y esta continuó con su huida entre los árboles.

Pasó más de una hora en la que los comunarios iban detrás el ganado, hasta que este llegó a la parte posterior de la escuela, contigua a la cancha. Allí, uno de los chimanes visitantes, que había llegado recién y que tenía una escopeta de salón, que es un arma de caza más pequeña, le disparó a la cabeza de la vaca y esta terminó su agonía.

Matar vacas para los chimanes es relativamente nuevo. Ellos son cazadores de animales salvajes, algo más pequeños, que corren por el bosque. Recién hace menos de un año comenzaron con la crianza de ganado vacuno y no tienen ni siquiera un lazo para atraparlo. Además, dirán más tarde, que esa vez las cámaras fotográficas de los visitantes les intimidaron.

Los hombres, encabezados por Santos, carnearon los restos de la vaca a la vista de casi todos los habitantes, principalmente niños que, curiosos, observaban las tripas y menudencias.

Las mujeres recibían su presa en bañadores y baldes de plástico. Un buen pedazo también le llegó al profesor de la comunidad, a quien desde que llegó los comunarios le dan alimentos e inclusive se lo cocinan.

Buena parte de esa carne es la que ahora se come en la fiesta y que alimentará los dos días de festejo a toda la comunidad e invitados. Durante esta todos los comunarios, incluyendo a niños bailarán música nativa, pero también colombiana, como se acostumbra escuchar en Beni, y alabanzas cristianas traducidas al chimán.

Imagen

Los chimanes, guardianes del bosque

—Este es mara, —dice Gerardo, un joven chiman, mientras señala con el machete el único árbol grueso que se impone entre otros mucho más delgados.

Son las diez y media de la mañana de miércoles y estamos a más de media hora de Maraca’tunsi, hacia el sudoeste del territorio y por este lugar hay contados árboles de maras. En los más de 20 kilómetros hacia Piñal veremos menos de 10 unidades.

Gerardo, Marco y Evaristo, comunarios de Naranjal, cortan las matas del suelo y algunas de las ramas de los árboles que se interponen en medio de la angosta senda.

Todos llevan una escopeta y cargan su marico (bolso grande tejido en telar por las mujeres chimanes) en las espaldas con la correa que les bordea el cuello. En este llevan su mosquitero y frazadas para pasar la noche en Piñal, la comunidad más alejada del Territorio Indígena Multiétnico.

Además, también acarrean arroz, varias bolsas de sal, azúcar, jabón y jaboncillo —productos que trajeron las visitas de San Ignacio— para distribuir en Piñal.

El corregidor Santos delegó a siete comunarios jóvenes para que lleven estos víveres a Piñal, a modo de que aprovechen para cazar y pescar. Marco y Gerardo son los que mejor hablan español, algo Evaristo y los demás casi nada.

El ruido de los insectos y aves y las pisadas sobre las ramas u hojas secas invaden el ambiente y se siente un olor más dulce por la variedad de flora. Al igual que el anterior sábado, hoy hace bastante calor, pero la sombra de los árboles permite que no se sientan los 37 grados centígrados.

De pronto se abre un espacio de agricultura, de 100 por 50 metros, más o menos. En este hay cultivos de plátano, yuca, papaya y otros productos que son la base de la alimentación de los chimanes, al igual que la carne de monte.

—Es el chaco de Piñal, —dice Marco.

—¿Pero, estamos cerca de la comunidad? —me viene la duda, pues no nos alejamos mucho de Naranjal.

—No, pero vienen hasta aquí, al chaco, —explica y más adelante muestra otro similar pero en el que se siembra arroz y maíz.

Para llegar a Piñal o Mereque’tunsi, lugar de la piña, nos queda seis horas de recorrido a paso chimán y ocho a paso citadino.

En lo largo de camino hay quebradas que están unidas por delgados postes de árboles y de rato en rato las flores del patujú pintan con su rojo y amarillo el paisaje verde.

Tras una hora de caminata llegamos donde están tres casas de madera y unidas entre ellas por cuerdas en las que cuelgan carne de ñé o anta, cazada una de estas noches. Estas construcciones están al borde del río San Ambrosio.

—Ñañjoy, —saludamos en chimán a los comunarios, quienes no se sorprenden con nuestra presencia porque Crisanto, Ignacio y otros dos comunarios de Naranjal, que llevan las flechas y vinieron por otro camino, les alertaron.

—Ñañjoy, —contestan dos hombres sonrientes que están sentados en el suelo debajo de una construcción de palos y cubierto con techo de motacú. Ahí está la leña con la que cocinan.

En las vigas cuelgan racimo de plátano verde, guineos y papayas maduras que cosecharon en estos días y que les durará al menos tres semanas.

Una mujer chimán con un niño colgado en el marico que sujeta a su cabeza nos invita payuje en una gran tutuma, que después del recorrido sienta muy bien.

Hay como unas 20 personas, todas son de Piñal que se trasladaron a este punto para la cosecha en sus chacos, esos que vimos hace algún rato y otros que están más adelante, cuenta Marco.

Fátima Monasterios explica que Piñal es la comunidad por estos lares que más preserva su cultura y que aún practica la agricultura itinerante y comunal, es decir que se va desplazando dentro de su territorio para producir alimentos dedicados enteramente a su subsistencia. Lo hacen de forma comunal, por lo que acá el criterio de parcela familiar no existe.

Ninguna de las 12 familias que vive acá habla español, aunque hay un comunario mayor que entiende un poco. Él es el quien recibe los productos que trajeron los de Naranjal y así a estos se aligeran del peso, que al retorno será reemplazado por los animales cazados.

Imagen

Todas las familias de Piñal llegaron hasta acá hace algunas semanas y permanecerán por más de un mes debido, además, a que en su comunidad los arroyos y ríos cercanos están secos, mientras que en San Ambrosio el afluente es alto. Por eso ahora, el resto de los habitantes pesca.

Gerardo pregunta a la comunidad si algunos lugareños podrían acompañarnos hasta Piñal, que por ahora está deshabitada.

Estos hablan entre sí y designan a Daniel Canchi, Francisco Majuyeto y a Julián Canchi. Este último apellido es común entre los chimanes.

Daniel y Francisco tienen poco más de 50 años y son mudos. Tienen colgados un collar hecho con dientes de caimán, mientras que Julián lleva una llave en una cuerdita; muchos hombres de Naranjal también lo hacen.

Todos los comunarios acá se comunican con señas, porque hay tres personas que no hablan. En cambio en Narajal todavía no pasaron del lenguaje oral, pese a que Román, un adolescente, no escucha y se le hace difícil contactarse con su entorno.

Una vez listos los nuevos integrantes de grupo, nuevamente nos adentramos al bosque. A medida que avanzamos encontramos algunos árboles arrasados por el aserradero de los que solo quedan la base del tronco, decorada por unos exóticos hongos anaranjados.

Caminar por el bosque del TIM es todo un reto para los foráneos, en cambio los chimanes lo hacen sin ninguna dificultad, es más solo usan abarcas de cuero duro o incluso los de Piñal andan descalzos y no les molesta las delgadas raíces que sobresalen de la tierra.

Cruzando el río, Gerardo —de 23 años, bajito, moreno, cabello corto— nos explica que por aquí pasaba la carretera a San Ambrosio y la cual está tapada de vegetación. A los comunarios les alivia que el camino se haya cubierto. Eso evita la llegada de transporte, que podría seguir sacando madera del lugar, o de avasalladores de tierras.

Por ese motivo, los habitantes del TIM se oponen que por acá cruce una parte del segundo tramo de la carretera que uniría San Ignacio de Moxos, Beni, con Villa Tunari, Cochabamba, por medio del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS), tal como está previsto. Por eso, las comunidades del TIM participaron de la Octava Marcha Indígena en defensa del TIPNIS en 2011. Esta se oponía a que el núcleo de su territorio sea travesado en dos, pues afectaría a toda la diversidad ecológica y daría vía libre a las invasiones.

La conclusión de ese tramo es una amenaza latente no solo para el TIPNIS sino también para el TIM, al igual que los avasallamientos, afirma el investigador Martín Torrico.

Después de caminar tres horas con breves descansos, hacemos la primera parada larga para almorzar al borde del río e Ignacio aprovecha a pescar.

Entre tanto el resto prende una pequeña fogata, en la que colocan el plátano con cáscara para que cosa de formar “chapapeada”, como le llaman acá.

Los comunarios de Piñal se sientan alejados del resto del grupo, pero nos invitan parte de la carne charqueada cocida que trajeron en su tapeque.

A modo de descansar y mientras esperan que el resto de la comida esté lista, los chimanes de Naranjal preparan en una hoja tabaco molido para fumar. Dicen que eso les quita el cansancio.

Después del almuerzo, cuatro de los comunarios se adentraron entre los árboles para cazar. Ignacio les guiará por estas tierras, que son ricas en animales salvajes como los ñe, tropero, taytetú, jochi, pava y otros.

En otro grupo vamos Daniel, Francisco, Gerardo, Manuel y yo. Ya a las seis de la tarde, nuestro paso ha reducido un poco, pero Gerardo nos pide acelerarlo porque la noche ya está por llegar, prueba de ello son las luciérnagas que ya comienzan a volar alrededor nuestro.

—Ya vamos a llegar, —nos consuela.

Cerca de las siete, tras siete horas y media de recorrido, llegamos a Piñal. Lo primero que se ve son dos viejas construcciones que están cerca de la bomba de agua y rodeadas de muchos matorrales. Anteriormente allí estaban las viviendas, que fueron reacomodadas a cinco minutos de acá.

Imagen

Piñal es una comunidad pequeña, la parte habitable mide menos de 600 metros cuadrados y es custodiado por una suerte de cañas, que protegen del fuerte viento que a veces hay. Solo tienen cinco construcciones, dos con paredes de tablas mientras que las otras con solo techo.

Los cazadores, quienes llegaron hace media hora, trozan un pequeño mono negro muerto del bosque.

Los chimanes, después de refrescarse comienzan a cocinar. Los de Piñal preparan arroz y sopa, mientras que los de Naranjal arman una especie de parrilla con troncos y ahí hacen coser a la brasa al mono y otras carnes.

Casi todo lo que se consume en las comunidades chimanes es producido, recolectado o cazado en el territorio, con excepción de la sal y otros contados productos que traen eventualmente desde San Ignacio. Incluso, los habitantes aprovechan la grasa del marimono para preparar manteca, por eso esperan que llegue mayo, que es cuando estos mamíferos engordan mucho gracias a los frutos que comen.

Y es que el territorio para los chimanes, en particular, e indígenas amazónicos, en general, es su casa grande que les provee de lo necesario para vivir. Por ello, su relación territorial es fundamental porque el bosque es su habitad y su armonía, explica el presidente del TIM, Bernardo Muiba.

Muiba es uno de los dirigentes que en 2016 emprendió la dura tarea, a pedido de los chimanes y de los otros pueblos del TIM, de recuperar las tierras antes concesionadas y que desde 2011 pasaron a manos del Estado con la posibilidad de ser distribuidas a externos.

“Se vivía un momento de tensión para los hermanos chimanes porque ellos sabían que esas tierras podían ser entregadas a personas ajenas del territorio: a los hermanos interculturales y a empresarios”, recuerda de aquella época.

Precisamente hace algunos años, unos 250 interculturales conformaron la Comunidad Campesina Intercultural San Juan de Eva Eva, allá deforestaron y poco tiempo después la mayoría la abandonó. Por eso, como parte de la recuperación y lucha por las tierras de las exconsesiones, la dirigencia, en coordinación con el INRA, inició el proceso de desalojo de ese asentamiento y otros en octubre del año pasado.

Pero la reapropiación había empezado en julio de un año antes, con una caminata interna de reafirmación en la que participaron unos 20 indígenas de los cinco pueblos que habitan el TIM; estos caminaron tres días desde San José hasta el ripio, ubicado a dos horas y media de Piñal.

El ripio es el lugar que está al borde del TIM, es rico en áridos y en madera, por eso es uno de los lugares con más amenaza de externos. De ese lugar los chimanes de Naranjal y Piñal son los guardianes, por eso el otro día que intentó ingresar una empresa caminera, estos rápidamente se les pusieron al frente e hicieron que llegue la dirigencia de la Subcentral para juntos pedirles explicaciones a los foráneos.

“Ellos son los que cuidan y protegen y están constantemente a diario viendo qué puedan suceder, y no permiten que los peligros lleguen al territorio”, cuenta Muiba.

Por eso ve la importancia de la titulación de las exáreas concesionadas que se dio, al fin, el 15 de agosto de este año. Ello se logró a mucha insistencia de la dirigencia de la Subcentral del TIM, 29 años tras la primera Marcha Indígena y nueve años más tarde en que estas tierras deberían retornar a manos de los cinco pueblos del territorio. Eso ahora les permite tener la seguridad de que nadie debería entrar a explotar.

Así los chimanes son los guardianes del bosque, del cual además viven. No se podría entender a estos sin la posibilidad que tienen de recorrer el territorio libremente. Por ejemplo, en estos días de nuestra estadía en Piñal casi todo el tiempo se fueron a cazar y pescar.

En lo profundo del bosque cazaron jochi, mono, tropero, peta, pava, tucán, ñe, principalmente con sus flechas; pescaron sardina y otros peces y recolectaron huevo verde de perdiz. Ni bien llegaban de la caza iniciaban con la carneada; una vez fileteadas las carnes las ponían a secar al sol y luego las envolvían en hojas de plátano para no manchar su marico y así podrán llevar hasta Naranjal.

Gerardo dice que todo lo cazado les durará por lo menos dos semanas.

Son las seis de la mañana de sábado y llego a la conclusión que los chimanes no duermen; todo el rato están ocupados.

En este momento, alrededor de la parrilla en la que asan parte del jochi que cazaron anoche, cuatro de los comunarios de Piñal construyen flechas de delgadas ramas que recolectaron. El sonido del cuchillo sobre la vara pelea con la del viento.

Ayer, como todos los anteriores días, se acostaron después de la medianoche no sin antes cazar pajaritos de acá cerca, aprovechando el silencio nocturno. Con ellos ahora preparan la sopa. Gerardo dice que nos dará fuerza para la caminata de regreso hasta Maraca´tunsi.