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Barbarie, trauma y enajenación

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Recolectoras del Pacífico colombiano. Foto: Efraín Jaramillo

Los pueblos indígenas de las Tierras Bajas de Bolivia y los pueblos étnicos del Pacífico colombiano comparten el trauma de la evangelización, la industria del caucho y, la expansión de las madereras, los ganaderos y el cultivo de coca. Entendido como el sufrimiento individual de angustia y desesperanza en el marco de un trastorno colectivo, el trauma de los indígenas y afrodescendientes lleva a la desvalorización y a la asimilación de otras identidades, incluidas las de sus agresores. Frente al sentimiento de inferioridad, los pueblos étnicos tienen la oportunidad de recrear sus identidades al interior de sus territorios ancestrales.

“En tiempos de incertidumbre

la gente está dispuesta a creer

 en los más tremendos disparates”

George Orwell

Finalizando el siglo XVII, los indígenas de las Tierras Bajas de Bolivia tuvieron sombríos encuentros con gente extraña. En primer lugar, los indígenas colisionaron con órdenes religiosas católicas que llegaron a sus regiones para plantar el cristianismo. Consideradas “paganas”, las creencias y costumbres indígenas fueron arruinadas. En el presente, estas cosmovisiones no subsisten sino como “trazas” de lo que representaban para el manejo del territorio y la convivencia comunal, sobre todo de la avenencia que establecieron con la selva para vivir de ella sin causarle daños a su biodiversidad. Este encuentro, que duró casi un siglo, fue el “pecado original” de la locura mística cristiana en tierras americanas.

El segundo encuentro fue aún más trágico. Si los primeros habían sido infames usurpadores de almas, estos eran vándalos que venían a explotar el caucho y a esclavizarlos para la recolección del látex. Las llamadas caucherías se extendieron desde finales del siglo XIX hasta la segunda década del siglo XX y dominaron el crecimiento económico de la región. Un tercer encuentro, se registró cuando las empresas madereras llegaron a desmantelar sus bosques. Al pillaje de recursos forestales, se unirían otros personajes que llegaron para explotar los suelos: arrasaron la selva y crearon estancias ganaderas y cultivos de coca.

Indígenas de las Tierras Bajas de Bolivia. Foto: Fátima Monasterio Mercado

El trauma y la enajenación

Estas intervenciones en sus vidas y territorios representaron para los indígenas drásticas rupturas con sus modos de vida y costumbres: fueron traumas que ocasionaron su desintegración sociocultural. Más allá de ser una emoción duradera, el trauma es definido como el sufrimiento individual de angustia y desesperanza en el marco de un trastorno colectivo. Es causado por eventos que amenazan la vida y el bienestar de una persona o comunidad y deja heridas psicológicas, físicas (individuales o colectivas) de forma permanente.

El trauma tiene muchos orígenes, significados y consecuencias. Para grupos marginados, tiene repercusiones muy complejas. En el caso de los indígenas de Tierras Bajas, el trauma fue el resultado de los procesos de inculturación evangélica, la explotación semi-esclavista de su mano de obra por compañías caucheras, los saqueos forestales y la ampliación continuada de la frontera agrícola y ganadera sobre sus selvas. Estas experiencias traumáticas han contribuido no sólo a la destrucción de sus estructuras sociales y económicas, sino que han dejado una huella indeleble en sus mentes. De este modo, crearon situaciones de enajenación, como si una sombra hubiera crecido sobre su memoria y la hubiera perturbado.

En los indígenas de Tierras Bajas, el trauma fue el resultado de los procesos de inculturación evangélica, la explotación semi-esclavista por compañías caucheras, los saqueos forestales y la ampliación de la frontera agrícola y ganadera sobre sus selvas.

El trauma fue el resultado de la inculturación evangélica, la explotación semi-esclavista, los saqueos forestales y la ampliación de la frontera agrícola y ganadera.

Es notorio que a las personas y comunidades que han sufrido eventos traumáticos, les resulte difícil reencontrarse con el pasado. Esto se debe a que el trauma provoca una especie de amnesia retrógrada que despoja a los individuos de su capacidad de recuperarse frente a situaciones que han perturbado sus mentes. No solamente se profanaron sus cosmovisiones, también se lastimaron sus territorios, se arruinaron sus bienes ambientales y se desestructuraron social y políticamente sus organizaciones.“La integridad física no resiste ante la disolución de la personalidad social”, había observado Levi Strauss en Tristes Trópicos.

Y aunque esa diversa gama de traumas experimentados hacen difícil un reencuentro con el pasado, la reconstrucción de los sucesos que produjeron los traumas es un ejercicio que tiene fines restaurativos, sobre todo, en pueblos que han visto enajenadas sus identidades. Desde una perspectiva antropológica, reconstruir el pasado es, en esencia, una rememoración (función simbólica de la memoria)para interpretar y resignificar el pasado. Reconstruir la memoria, para reconocer situaciones traumáticas vividas, confiere a los pueblos un efecto reparador en términos culturales y organizativos.

Arte rupestre en la Amazonia colombiana. Foto: Efraín Jaramillo

Los traumas en el territorio ancestral

Los estudios antropológicos sobre los indígenas de Tierras Bajas de Bolivia hacen pocas referencias a las perturbaciones psicológicas experimentadas por estos pueblos, como producto de los impactos traumáticos que lastimaron severamente su cosmovisión y alteraron su relación con el territorio. Sobre todo, ha sido descuidado el hecho de que el territorio también sufrió incidentes traumáticos que han dejado huellas imborrables en sus bosques, en sus ríos, en su flora y en su fauna. Esas trazas producen efectos de gran significación, traen recuerdos que hieren el alma de sus pobladores y provocan reacciones emocionales.

Esto se explica por la circunstancia de que el territorio es entendido simbólicamente como un ser con vida propia, un cuerpo con comunidades (de animales y plantas) y ecosistemas, con presencia humana y manifestación de múltiples conflictos. Por lo tanto, el territorio es visto como un cuerpo que se modifica en relación con otros cuerpos (territorios). Como los indígenas están unidos a ese cuerpo de manera simbiótica, como si fueran una y la misma cosa, los cambios en uno generan efectos en el otro. Al encarnar articulaciones íntimas entre los humanos y la naturaleza, los territorios también dan indicios sobre la manera como se rompieron esos vínculos.

Los territorios generan información porque los indígenas han dejado señales. Son improntas de su relacionamiento con el territorio y, de los vínculos que establecieron con el bosque para obtener los medios materiales para su pervivencia.

Los territorios generan información porque los indígenas han dejado señales. Son improntas de los vínculos con el bosque para obtener los medios materiales.

En el mismo sentido, por ser también una realidad materializada en el espacio, este territorio alegórico (simbólico) tiene una permanencia propia en el tiempo, y en el imaginario de los pueblos indígenas, que permite ser identificado aún después de la desaparición de los sujetos originarios que lo crearon, los llamados ancestros. Este territorio ancestral se entiende como un espacio vivido, más que conceptualizado, representado cartográficamente o medido en hectáreas. Y es gracias a esta permanencia en el imaginario indígena, que este espacio conserva estructuras y testimonios de sus fundadores, que se expresan por medio de sus cuentos, mitos y leyendas, y se manifiestan en sus ritos y festividades.

Los territorios generan información porque, en el transcurso de un poblamiento, los indígenas han dejado señales. Son improntas de su relacionamiento con el territorio (ya sean cementerios, reliquias o vestigios de su cultura material) y, de los vínculos que establecieron con el bosque para obtener los medios materiales para su pervivencia (caminos, puentes o árboles frutales en sus chacos abandonados). Dejan también, conscientemente, testimonios grabados, para representar y semantizar su pertenencia a un territorio: como han sido, para el caso de los indígenas amazónicos de Bolivia, los geoglifos t’simane que la antropóloga Karin Hissink descubrió en el río Pachene. Los territorios también muestran trazas de lo fatídico de las rupturas de esa hermandad.

Grabados rupestres en el río Pachene, ubicado en la Amazonía boliviana (1952). Foto: Karin Hissink

Los pueblos étnico territoriales frente al proceso civilizatorio

En una investigación colaborativa entre pueblos indígenas y la Universidad de Colorado, se analizaron manifestaciones de trauma colectivo en pueblos étnicos marginalizados (afrodescendientes e indígenas), cuyas identidades estaban determinadas por relaciones culturales, ambientales y socioeconómicas con el territorio. Estas relaciones precedían a la creación del Estado colombiano y diferían notablemente de las relaciones con la tierra de otros grupos sociales del país.

Este trabajo originó el concepto de pueblos étnico-territoriales para  referirse  a  poblaciones que han compartido sentimientos similares por el territorio y trazar conexiones entre las comunidades negras del Pacífico y los grupos indígenas. Los pueblos étnico-territoriales han construido lazos interculturales de solidaridad con el objetivo de protegerse de los atropellos del régimen colonial. Posteriormente, durante la República, han intentado detener la expansión de intereses económicos que captan rentas, extraen recursos naturales, expropian territorios violentamente y se apropian de los excedentes de las comunidades.

En ambos casos han habido procesos de deshumanización generados por la codicia, el racismo y las políticas discriminatorias del Estado. Para el caso boliviano, el desarrollo económico ha pauperizado las comunidades indígenas de Tierras Bajas.

En ambos casos han habido procesos de deshumanización generados por la codicia, el racismo y las políticas discriminatorias del Estado.

Estas circunstancias históricas son análogas a las que encontramos en las Tierras Bajas de Bolivia. En ambos casos han habido procesos de deshumanización generados por la codicia, el racismo y las políticas discriminatorias del Estado. Para el caso boliviano, los comunarios del Territorio Indígena Multiétnico (TIM) dan cuenta de cómo el desarrollo económico ha conducido a una pauperización de las comunidades indígenas de Tierras Bajas. Al igual que en las Tierras Bajas del Pacífico colombiano, el discurso mediático argüía llevar el desarrollo a esas regiones marginadas. Este manejo ideológico de un supuesto proceso civilizatorio contribuye a mantener enajenada la conciencia de los pobladores sobre su situación real.

Como señala George Orwell: “Quien controla la memoria controla el futuro”. Y la ideología del Estado cumple la función de introyectar valores en mentes desconcertadas y angustiadas. Freud llama introyección al proceso inconsciente mediante el cual una persona, al identificarse con otra, adopta sus ideas y conductas. Este concepto permite entender cambios de comportamiento en algunos individuos o comunidades. Uno en especial importa destacar aquí, que tiene que ver con la introyección de conductas de comunidades indígenas que han sufrido las consecuencias de los traumas antes descritos.

Pescado en el Río Naya, ubicado en el Pacífico colombiano. Foto: Efraín Jaramillo

Entre el sentimiento de inferioridad y la recreación de su identidad

No es raro que las personas traumatizadas opten por identificarse con otras ideas que pudiesen “salvarlas”. En estos casos, los seres humanos hacen desaparecer su self (sí mismo) y, ocultan sus creencias y representaciones de sí mismos. Estigmatizados cultural y racialmente, las personas pueden llegar a identificarse con tremendos disparates. Incluso con las ideas de sus agresores. Por eso no es casual que haya familias indígenas que terminen “adorando” a los dioses de los que les hicieron daño, u obedeciendo al maderero, ganadero, minero y cocalero que arrasa sus bosques, sus ríos y su fauna. Dicho de otra manera: dejan de ser ellos mismos, asimilando los rasgos, conductas y puntos de vista de sus agresores.

Otra similitud entre los pueblos de Tierras Bajas de Colombia y de Bolivia es la forma de recrear sus identidades, sin pensar tozudamente en “restaurar” lo que para siempre han perdido. Los pueblos étnico-territoriales parten de lo que hoy tienen y anhelan seguir conservando: vivir en comunidad (lo cual les brinda seguridad y protección); permanecer en su territorio y restaurarlo bajo los parámetros de propiedad privada colectiva; desarrollar autónomamente sus organizaciones comunitarias para recuperar (y revitalizar) asuntos significativos para sus vidas; y, lo más importante, restablecer las relaciones de convivencia con el bosque amazónico, una “reconciliación” con su espacio de vida, que es necesaria para su pervivencia material y espiritual.  

Pero también existen diferencias. Los indígenas y afrodescendientes del Pacífico, cuyas memorias habían sido confiscadas, destruidas o manipuladas vienen “despertando” y son cada vez más conscientes de su enajenación. Sobre todo se han dado cuenta de que los daños infligidos a sus comunidades no tienen por qué seguir repitiéndose. Lo más importante: han avizorado que el mejor camino (quizás el único) para superar sus traumas, es revertir las consecuencias sociales y económicas que estos ocasionaron en sus pueblos. Creemos que eligieron el camino correcto.

Efraín Jaramillo

Efraín Jaramillo es antropólogo colombiano y ha acompañado las luchas de organizaciones indígenas colombianas durante los últimos 40 años. Fue asesor del delegado indígena Alfonso Peña Chepe a la Constituyente de 1991.

Colectivo de Trabajo Jenzerá

Colectivo de Trabajo Jenzerá es un grupo interdisciplinario e interétnico fundado en 1998 por personas con amplia experiencia en el acompañamiento a pueblos indígenas, afrocolombianos y campesinos, en varias regiones de Colombia.