En los Altos de Chiapas, al sureste de México, las comunidades indígenas han construído formas de autogobierno marcadas por una historia de desplazamiento forzado. De este modo, han logrado establecer acuerdos comunes orientados a prevenir la violencia, solucionar los conflictos y fortalecer las condiciones que permiten vivir con dignidad. La paz se entiende como una práctica diaria que se construye mediante el diálogo y la responsabilidad colectiva.
Las 21 comunidades del municipio de Teopisca comparten una historia en común: el desplazamiento forzado de sus lugares de origen por cuestiones políticas, religiosas y de tierras. Esta situación influyó profundamente en su organización social, territorial y comunitaria, obligándolas a adaptarse y apropiarse culturalmente de un nuevo entorno biocultural. La mayoría de sus pobladores es hablante de la lengua indígena tsotsil.
Si bien antes eran 22 comunidades, la comunidad de Galilea decidió separarse tras lograr obtener agua por su propia cuenta, por lo que ya no participa en los trabajos intercomunitarios para sostener este servicio. Más allá de esta particularidad, existe un respeto mutuo sobre el sistema normativo y el gobierno indígena de cada comunidad. Es importante aclarar que dentro de algunas de las 21 comunidades existen rancherías y pequeñas poblaciones.
Las 21 comunidades del municipio de este municipio ubicado en Chiapas son Cañada, Betania, Nuevo San Juan, Nueva Zinacantán, Nazareth, Benito Juárez, Dolores, Monte Líbano, Nueva Amatenango, Belén, San Geron, San Jerónimo, Jardín, Guadalupe, Damasco, Nuevo Belén, Nueva Palestina, Lluvia de Gracia, Vista hermosa, Vergel, Nuevo paraíso.
El fortalecimiento del tejido social
A pesar del desplazamiento forzado debido a un contexto de violencia y exclusión, las 21 comunidades han logrado desarrollar un proceso de organización intercomunitario orientado a prevenir la violencia, transformar los conflictos y fortalecer las condiciones que les permiten vivir con dignidad, justicia y bienestar. En este sentido, la construcción de paz no se limita a la ausencia de conflictos, sino que implica la creación de relaciones sociales basadas en el respeto, la inclusión y la cooperación.
A lo largo del tiempo, la experiencia ha demostrado que las interacciones a través del respeto y cooperación han permitido un desarrollo favorable en cada una de las comunidades, sustentado en la aplicación de normas comunitarias y en el reconocimiento de sus formas y estructuras de gobierno indígena. Este término, contrario al de “usos y costumbres”, posibilita comprender mejor la complejidad de su organización social y política.
Las reglas comunitarias se comunican mediante letreros que son claramente visibles y que indican lo que está permitido o prohibido.
Las reglas comunitarias se comunican mediante letreros que son claramente visibles y que indican lo que está permitido o prohibido.
En la comunidad de Dolores, la vida se rige por normas y leyes que se dividen en internas y externas. Esta lógica se debe a la necesidad de regular el uso compartido de recursos naturales, como el manantial, y de respetar la organización propia. Así, las normas de cada comunidad suelen ser similares con algunas variaciones, por lo que puede ser fácil para una persona cambiar de comunidad siempre y cuando se comporte con respeto.
Las reglas comunitarias se comunican mediante letreros que son claramente visibles y que indican lo que está permitido o prohibido. Algunas reglas que suelen observarse son los límites de velocidad vehicular, el respeto a terrenos ajenos, el cuidado del monte, la prohibición de dañar animales y la restricción a cortar árboles. Este tipo de normas son comunes en la mayoría de las comunidades.
Dimensiones claves de la construcción de paz
La construcción de paz en las 21 comunidades de Teopisca se sostiene en diversas dimensiones que permiten la convivencia armónica entre los habitantes. Estas dimensiones están profundamente vinculadas con las formas, estructuras de organización, formas de gobierno, normas comunitarias y el respeto mutuo entre las personas y las comunidades vecinas .
De esta manera, la paz, entendida como la capacidad de afrontar diferencias y conflictos derivados de desacuerdos y desavenencias, se construye a partir del diálogo, la cooperación colectiva y el cumplimiento de reglas que buscan el bienestar común y la protección de los recursos naturales compartidos. Desde su propia organización, cada comunidad aporta a la estabilidad regional, demostrando que el respeto a la diversidad de formas de gobierno comunitario es un elemento fundamental para mantener relaciones pacíficas y duraderas.
El cuidado del manantial, del monte y de los bienes comunes constituyen ejemplos concretos de cómo la organización comunitaria previene disputas, ya que establece límites claros sobre lo que está permitido y lo que no.
El cuidado del manantial, del monte y de los bienes comunes constituyen ejemplos concretos de cómo la organización comunitaria previene disputas.
Desde esta concepción, la prevención de la violencia en estas 21 comunidades indígenas del municipio de Teopisca se basa principalmente en la aplicación y respeto de normas internas y externas que regulan la convivencia social y el uso del territorio. Estas normas permiten anticipar conflictos y resolverlos de manera pacífica antes de que escalen a situaciones de violencia.
El cuidado del manantial, del monte y de los bienes comunes constituyen ejemplos concretos de cómo la organización comunitaria previene disputas, ya que establece límites claros sobre lo que está permitido y lo que no. Asimismo, los letreros y las reglas compartidas ayudan a que tanto los habitantes como las personas externas comprendan las responsabilidades que deben asumir al transitar o al permanecer en las comunidades, evitando tensiones y fomentando el respeto.
Participación de habitantes
Los derechos de los habitantes y de las comunidades se reflejan en el reconocimiento de su autonomía y de sus formas de organización, que conocemos comúnmente como sus usos y costumbres. Cada comunidad tiene el derecho de establecer normas que protejan su territorio, sus recursos naturales y su forma de vida.
Al mismo tiempo, estos derechos implican responsabilidades: el respeto a las decisiones colectivas, a los acuerdos comunitarios e intercomunitarios, y a las normas establecidas para el bien común. Es importante señalar que el reconocimiento mutuo entre comunidades fortalece la convivencia regional, ya que permite que cada una conserve su identidad, sin imponerla a las demás.
La participación activa de los habitantes es un pilar fundamental en la construcción de paz. A través de asambleas, acuerdos comunitarios y la vigilancia colectiva del cumplimiento de las normas, las personas se involucran directamente en el cuidado de su comunidad. Esta participación fortalece el sentido de pertenencia y responsabilidad: no sólo se obedecen las reglas, sino que se entienden como parte de un esfuerzo colectivo. Mujeres, hombres, personas mayores y jóvenes contribuyen desde sus distintos roles a mantener el equilibrio social, demostrando que la paz se construye de manera comunitaria y cotidiana.
La paz como una práctica diaria
La construcción de paz en las 21 comunidades indígenas de Teopisca es el resultado de un proceso colectivo basado en el respeto, la cooperación y la observancia de normas comunitarias y estructuras propias. A través de la organización interna, la participación activa de los habitantes y el cuidado de los recursos naturales compartidos, las comunidades han logrado prevenir conflictos y fortalecer la convivencia social.
El respeto a las normas internas y externas no sólo regula la vida cotidiana, sino que también promueve el reconocimiento de la autonomía de cada comunidad y fomenta relaciones armoniosas entre ellas. De esta manera, la paz se entiende no como la ausencia de conflictos, sino como una práctica diaria que se construye mediante el diálogo, la responsabilidad colectiva y el compromiso con el bienestar común, garantizando una vida digna, justa y equilibrada para las generaciones presentes y futuras.
María del Carmen Pérez Díaz pertenece a la comunidad de Dolores y proviene de una familia de desplazados por cuestiones religiosas. Su lengua materna es el tsotsil. Es egresada de la Escuela de Gestión y Autodesarrollo Indígena, y se encuentra finalizando su tesis sobre “Uso y manejo de las plantas en dos comunidades tsotsiles”.
Elisa Cruz Rueda es abogada y antropóloga. Actualmente, se desempeña como profesora de la Escuela de Gestión y Autodesarrollo Indígena de la Universidad Autónoma de Chiapas.