La fiebre del oro entre los chimanes de Bolivia

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En el Alto Maniqui, en la zona de protección hídrica de la serranía de Eva Eva, las comunidades tsimanes enfrentan problemas muy diferentes a los de antes. Mientras las iglesias evangélicas han introducido nuevas creencias, la escuela incorpora prácticas culturales de otras regiones del país. En la actualidad, la minería ilegal de oro aparece como una actividad rápida para obtener ingresos económicos. Sin preocuparse por el impacto del mercurio en sus cuerpos, los jóvenes tsimanes ingresan al vicio del alcohol y abandonan la identidad indígena.

Vengo desde la selva, el bosque chimán,
donde niño y serpiente tienen su hogar.
Vengo desde la tierra que ya no está,
donde antes se vivía en libertad.
Vengo a decirles que allá siembran dolor,
el que depreda, mata y corta la flor,
el que mancha los ríos, el talador.
Luis Rico – Coraje

La serranía de Eva Eva-Mosetenes forma parte del Territorio Indígena Chiman (TICH), que, en conjunto con el Territorio Indígena Multiétnico (TIM) y la Estación Biológica del Beni (EBB), conforma el espacio conocido como Bosque de Chimanes. Este, junto con el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS), constituye una región multiétnica unida por lazos históricos y culturales de los Pueblos Indígenas que allí habitan. En sus espacios territoriales, que abarcan más de dos millones de hectáreas, estos pueblos mantuvieron la resistencia frente a todas las formas de penetración colonial y republicana.

Esta región fue escenario de incursiones militares en tiempos precolombinos, durante la Colonia y el periodo de la República. También fue escenario de las movilizaciones milenarias de los pueblos buscadores de la Loma Santa, que caminaron incesantemente hacia el bosque, rechazando proyectos civilizatorios de codicia y explotación. En 1990, como respuesta al saqueo de la madera, organizaron la histórica Marcha Indígena por el Territorio y la Dignidad, que modificó la forma de comprender la realidad nacional boliviana. Posteriormente, se realizaron las marchas de 2011 y 2012 contra la construcción de la carretera que atravesaría el TIPNIS y el TIM.

Esta región alberga cuatro áreas protegidas de distintos niveles, compartidas por los pueblos Tsimane, Mojeño Trinitario, Mojeño Ignaciano, Yuracaré y Movima: el Parque Nacional Isiboro Sécure, la Estación Biológica del Beni, el Área de Conservación Loma Santa y la Zona de Protección Hídrica Eva Eva-Mosetenes. El Decreto Supremo 22611, de 1990, establece como áreas protegidas: 1) la Zona de Protección de Cuencas Hidrográficas Eva Eva-Mosetenes; 2) la Reserva de la Biósfera Estación Biológica del Beni; y 3) el Parque Regional Yacuma. Asimismo, reconoce los territorios indígenas TICH y TIM 1 y delimita sus coordenadas y superficies. La Zona de Protección de Cuencas Hidrográficas Eva Eva-Mosetenes cumple una función estratégica como proveedora de agua. En esta zona nacen ríos y fuentes que abastecen no solo a las comunidades indígenas, sino también a otras poblaciones, incluidas las ciudades de San Borja, San Ignacio y Santa Ana de Yacuma. Es justamente allí donde la minería del oro amenaza a las comunidades indígenas de la región.

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Ingresando al territorio

En el marco de las actividades destinadas a elaborar un diagnóstico de las comunidades de esta zona, el pasado 30 de septiembre, con la autorización del Gran Consejo Chiman (GCCH), depositario del derecho propietario del Territorio Indígena Chiman, se conformó una comisión integrada por un dirigente y un técnico del GCCH, cuatro técnicos de la ONG ORÉ – Organización de Apoyo Legal y Social, y dos personas de apoyo logístico. El objetivo era recabar información y constatar en el terreno la situación socio-organizativa y económica de las comunidades.

La comisión ingresó por Yucumo y, por áreas en proceso de degradación y erosión. Después de dos horas de viaje, llegamos al río Maniqui, donde se encontraba una especie de campamento con cientos de troncos apilados. Se trata de madera que se extrae del corazón del TICH mediante planes de manejo que llevan más de 30 años de explotación. Cada vez se extraen variedades de menor valor, pues las maderas más valiosas ya no existen en un territorio que, junto con el TIM y el TIPNIS, fue uno de los más ricos en madera de mara de toda Bolivia.

A continuación, el camino hacia la comunidad de Cocincho, solo se puede realizar por vía fluvial. Después de visitar a la autoridad comunal, conversamos sobre sus actividades y constatamos, gratamente, que personas como él no necesitan recurrir a actividades extractivas para generar ingresos y garantizar el sustento familiar. Su caso refuta a quienes justifican que la minería o las madereras son la respuesta a una supuesta falta de oportunidades económicas en el territorio. Sus cinco hectáreas de plátano, uno de los tres principales productos que cultiva, generan más ingresos que el equivalente a tres salarios mínimos durante todo un año.

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Un nueva amenaza que nace desde adentro

Al día siguiente, partimos temprano por vía fluvial rumbo a Misión Fátima, una comunidad con más de 70 años de existencia y, hermosos sembradíos y jardines. Por la mañana, sonaron las campanas de la iglesia y la gente empezó a congregarse en un salón rústico, al fondo del cual se veían dos cuadros: uno del papa y otro del monseñor Coter. La comunidad habló de sus aspiraciones, expusieron sus problemas y señalaron que, actualmente, la principal amenaza proviene de ellos mismos. Si antes los planes de manejo forestal eran ejecutados por actores externos o desde el Gran Consejo Chiman, ahora son los propios comunarios quienes desarrollan la actividad minera.

Actualmente, las comunidades tsimanes del TICH atraviesan una crisis multidimensional y enfrentan los dilemas de un pueblo que se transforma en algo muy distinto de aquel que luchó por el territorio que hoy posee: la debilidad organizativa, tanto a escala territorial como comunal; el desplazamiento de las autoridades tradicionales por otros referentes; la aparición de nuevas necesidades; el debilitamiento de los sistemas de creencias y conocimientos que antes orientaban la relación con la naturaleza; y la llegada de nuevas generaciones de tsimanes que salen a centros urbanos, como Mapiri y Palos Blancos, y regresan a sus comunidades adoptando nuevos patrones culturales y productivos.

Como continuación de esta triste historia de imposición religiosa, saqueo mediante planes de manejo forestal y una escuela alienante, las comunidades enfrentan una nueva amenaza: la minería aurífera en los cuerpos de agua que alimentan el río Maniqui.

Las comunidades enfrentan una nueva amenaza: la minería aurífera en los cuerpos de agua que alimentan el río Maniqui.

Estas transformaciones se suman a otras que datan de hace décadas. En 1950, ingresó la organización evangélica Nuevas Tribus con la misión de evangelizar a los tsimanes, bajo la convicción de que eran pueblos salvajes que necesitaban conocer la palabra de Dios. Su acción fue muy agresiva contra el conjunto de creencias que sostenía la armonía de sus relaciones como pueblo y con su entorno natural. Más tarde llegó la escuela que, si bien contribuyó a introducir la lectura, la escritura y la lengua castellana, su enfoque colonizador atentó contra los sistemas culturales e identitarios. Incluso durante el Estado Plurinacional se introdujeron patrones culturales externos, como música y danzas andinas, que, sumados a la baja calidad de la enseñanza, no han aportado ventajas para el futuro de los niños y niñas.

Como continuación de esta triste historia de imposición religiosa, saqueo mediante planes de manejo forestal y una escuela alienante, las comunidades enfrentan una nueva amenaza: la minería aurífera en los cuerpos de agua que alimentan el río Maniqui. Se trata de una actividad ilegal y de conocimiento público, que involucra a los propios comunarios. Estos justifican la actividad por la falta de oportunidades laborales y no perciben el riesgo que la contaminación por metales pesados representa para su propia salud. Su preocupación es que sean otros quienes vengan a explotar el oro. Sin embargo, no todos los comunarios participan en esta actividad dado que muchos se dedican a la agricultura o a la ganadería.

Foto 3.

El impacto del oro en la identidad indígena

La salida de los jóvenes en busca de empleo en Palos Blancos, Mapiri y otros lugares no solo ha generado ingresos para sus familias, sino que también ha impulsado procesos de aculturación, aparición de nuevas necesidades y búsqueda de dinero fácil. En muchas comunidades, existen grupos de jóvenes vestidos como raperos, con cadenas y esclavas aparentemente de oro, con actitudes agresivas y amenazantes. Su apariencia y comportamiento contrastan radicalmente con las formas de vestir y relacionarse de sus padres y abuelos.

Una autoridad comunal señalaba: “Estamos cansados de que los dirigentes del Gran Consejo Chimán negocien nuestros recursos y solo se beneficien ellos y los empresarios. Ahora seremos nosotros quienes nos beneficiaremos de nuestros recursos”. Tristemente, parece que no les importan los daños que está causando en la salud la minería del oro, sobre todo en sus propios hermanos, los niños, las niñas y las familias que no participan en la extracción del mineral. Esto ocurre a pesar de la existencia de un estudio que muestra que las personas presentan niveles de metales pesados superiores a los permitidos.

Al llegar a la altura de la comunidad de Munday, los insultos se convirtieron en amenazas de muerte. Uno de aquellos hombres gritó: “Soy orero [como llaman a quienes trabajan con la minería del oro], no le tengo miedo a nadie y, si quiero, los mataré”.

“Soy orero [como llaman a quienes trabajan con la minería del oro], no le tengo miedo a nadie y, si quiero, los mataré”.

Después de visitar la última comunidad, Cuchisama, emprendimos el viaje de retorno el domingo 5 de octubre. Durante el trayecto fluvial encontramos numerosas embarcaciones cuyos conductores estaban ebrios e insultaban al pasar. Al llegar a la altura de la comunidad de Munday, los insultos se convirtieron en amenazas de muerte. Uno de aquellos hombres gritó: “Soy orero [como llaman a quienes trabajan con la minería del oro], no le tengo miedo a nadie y, si quiero, los mataré”.

Uno de ellos comenzó a perseguirnos en su embarcación. Cuando nos alcanzó, embistió nuestro bote con la hélice y rompió parte de la madera. Si la hélice hubiera subido unos centímetros más, podría haber alcanzado a uno de los tripulantes y provocado una tragedia. El hombre pasó de largo, pero más adelante nos esperaba para seguir insultando, completamente ebrio. Finalmente, aquella persona se quedó en uno de los puertos y nosotros continuamos el viaje hasta la comunidad de Cocincho, donde desembarcamos empapados por el agua que había arrojado aquel comunario ebrio.

Foto 4.

La fiebre del oro en territorio chimán

La extracción de oro ha penetrado en el territorio y sus protagonistas son personas de las propias comunidades: tsimanes de una nueva generación, fruto de un proceso de debilitamiento de la identidad y de los valores comunitarios. Para algunos jóvenes, la conexión con los amos del bosque y de las aguas, como Opito, ya no parece tener significado. El dinero se ha convertido en la única entidad que reconocen como poder supremo. Son personas que salieron de sus comunidades y adoptaron costumbres radicalmente opuestas a los principios de armonía con la naturaleza.

Pero, ¿quiénes están detrás de esta actividad? Como suele ocurrir, quienes obtienen las mayores ganancias son actores externos que operan en silencio: aportan capital, herramientas y medios de producción a los comunarios, les compran el oro extraído y les suministran el mercurio que necesitan. Según los comunarios, uno o dos gramos de oro al día pueden generar entre 2.000 y 3.000 bolivianos diarios, una cantidad difícil de obtener mediante otras actividades legales.

El Gran Consejo Chimán tiene pocas opciones para retomar el control y orientar a su pueblo por el camino de sus abuelos. Si bien cuenta con una nueva dirigencia, durante más de 20 años la antigua gestión orientó su práctica en el saqueo de sus bosques.

El Gran Consejo Chimán tiene pocas opciones para retomar el control y orientar a su pueblo por el camino de sus abuelos.

Para desarrollar esta actividad, algunas comunidades consideran que ya no es necesario solicitar autorización al Gran Consejo Chimán ni, en ciertos casos, a la autoridad comunal. Simplemente tienen que ir al río, junto a otros comunarios, a realizar la extracción. Mientras tanto, las aguas que utilizan para beber y bañarse, así como los peces que consumen, están siendo contaminadas por el mercurio que utilizan para extraer el oro. En consecuencia, ponen en serio riesgo la salud de toda la población.

La situación es aún más compleja porque el Gran Consejo Chimán tiene pocas opciones para retomar el control y orientar a su pueblo por el camino de sus abuelos. Si bien actualmente cuenta con una nueva dirigencia, durante más de 20 años la antigua gestión orientó su práctica en el saqueo de sus bosques y, paralelamente, fue denunciada por realizar negociaciones de tierras en perjuicio de las familias que viven en el territorio. Como resultado de esta forma de gestión, el GCCH ha perdido credibilidad ante las comunidades. Esta es la situación que los nuevos líderes intentan revertir.

Foto 5.

Un agenda para proteger el territorio

En este contexto de avance de la minería del oro y otras actividades extractivas en el territorio chimán, resulta urgente avanzar con una serie de decisiones para proteger la vida en las comunidades:

  • Asegurar la presencia del Estado mediante acciones culturalmente pertinentes, desarrolladas en coordinación con los titulares del derecho propietario y sus aliados.
  • Dotar de una gestión efectiva a la Zona de Protección Hídrica, de acuerdo con los fines para los que fue declarada mediante el Decreto Supremo 22611.
  • Fortalecer la organización mediante procesos formativos e informativos, y espacios de reflexión sobre el horizonte hacia el que se dirigen como pueblo y territorio.
  • Mejorar la educación con un enfoque técnico-científico e identidad cultural, que reafirme los valores y conocimientos que permitieron a los tsimanes mantener una relación armónica con el bosque.
  • Implementar un sistema de control y vigilancia territorial con guardaterritorios.
  • Elaborar un plan de gestión que oriente un conjunto de acciones económico-productivas, ambientales y sociales, en función de un horizonte construido colectivamente como pueblo.
  • Impulsar proyectos de recuperación del bosque y la fauna.
  • Suspender todos los planes de manejo forestal que atenten contra la fauna y la biodiversidad.


Hernán Avila Montaño es sociólogo y cuenta con 25 años de experiencia acompañando a los Pueblos Indígenas de tierras bajas de Bolivia. Actualmente, se desempeña como Especialista Social en ORE - Organización de apoyo legal y social.