Sexualidad indígena y religión occidental

Por Enoc Merino Santi

1º de junio de 2020

La intolerancia de la Iglesia hacia otras creencias construyó una religión racista y homofóbica. El cristianismo intentó despojar al individuo del control sobre su cuerpo y etiquetó a la homosexualidad como un pecado. A pesar del intento de implantar sus normas morales, el goce persiste en las relaciones sexuales dentro de las comunidades indígenas.

Desde su legalización por el emperador Constantino I en el año 315, la religión cristiana-romana y la Iglesia han mostrado su tinte político y no espiritual. Su discurso sobre la paz y el amor hipnotizó a sus seguidores para que siguieran sus normas para acceder al paraíso celosamente reservado a los más fervorosos y quitando el derecho del sujeto a criticar los cimientos de la institución.

Estos rasgos le permitieron establecerse como la verdadera religión, excluyendo a quienes no compartían su dogma de fe y la adoración a un único dios. Así se convirtió en una religión homofóbica y racista. En el aspecto sexual, despojó el control del individuo sobre su cuerpo, le quito la libertad para sentir el goce y placer, y la “homosexualidad” se catalogó como el más horroroso de los pecados establecidos por la Iglesia, convirtiendo así al cuerpo en una máquina de reproducción. En otras palabras, podemos decir que la religión occidental es excluyente.

“La falta de respeto y la intolerancia a otras formas de creencias y religiones hizo mucho daño al alienar a los sujetos de su sexualidad”

Sin embargo, no es mi propósito criticar a la institución de la Iglesia y la religión occidental, sino demostrar que la falta de respeto y la intolerancia a otras formas de creencias y religiones hizo mucho daño al alienar a los sujetos de su sexualidad. Me interesa discutir la alienación de la sexualidad de los indígenas, a los cuales pertenezco, y cómo este tema se volvió tabú dentro de la sociedad mestiza e indígena.

Cuando realizaba mi trabajo de campo para mi posgrado en una comunidad kichwa que tuvo presencia misionera desde 1624, escuché en una “chichada” (la recompensa con comida y aswa, bebida fermentada a base de yuca por la ayuda en trabajo) las bromas a un hombre que mantenía relaciones afectivas con un profesor de otra comunidad.

Atestiguar que los amigos, la mujer y el protagonista tomaban las bromas sin incomodidad despertó mi interés por conocer cómo se habían construido las relaciones afectivas dentro del grupo. Es más, me llevó a pensar la posibilidad de “aceptación” de relaciones entre personas del mismo sexo dentro de algunas sociedades indígenas.

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La colonización de la sexualidad

En su trabajo Do “sexo malfeito”. Transformações morais e dispositivos de sexualidade indígena, la investigadora Patricia Carvalho Rosa analiza el rechazo a los homosexuales que no se someten al cumplimiento de las normas heteropatriarcales en las comunidades indígenas tikuna de Brasil.

En su tesis de doctorado sobre la descolonización de sexualidades, el antropólogo y profesor Estevão Rafael Fernandes señala que el profesor bilingüe Raimundo Leopardo Ferreira afirmaba que entre los ticunas no había registros anteriores de la existencia de homosexuales, como se ve hoy. En contraposición, en el mismo artículo, resalta que para los pueblos indígenas de Estados Unidos, la homosexualidad es considerada como un elemento de reivindicación cultural.

Esta contraposición alimenta el interrogante de repensar si la discriminación a los sujetos homosexuales ha existido siempre dentro de los grupos indígenas o es consecuencia de la injerencia moral externa ya que, como señala Michel Foucault, las religiones monoteístas “imponen, a los que las practican, obligaciones de verdad”.

“Esta contraposición alimenta el interrogante de repensar si la discriminación a los sujetos homosexuales ha existido siempre dentro de los grupos indígenas”

Fernandes agrega que el discurso europeo describió pautas morales para la diversidad cultural, desconociendo y condenando la práctica de relaciones sociales diferentes a la suya, argumentadas en una teología que reprime el comportamiento natural propio a los seres, en el que las prácticas sexuales de libre elección son consideradas como “pecado nefando”, cuyo nombre no puede ser mencionado y menos practicado. Según el historiador, antropólogo y sociólogo Luiz Mott esta libertad sexual “fue considerada como mucho más grave que los repugnantes crímenes antisociales, el femicidio, la violencia sexual contra los niños, el canibalismo y el genocidio”.

En este punto se puede establecer un parangón con el planteo de Foucault: “En la antigüedad griega y romana la sexualidad era libre, se expresaba sin dificultades y se desarrollaba efectivamente. Existía hasta que intervino el cristianismo imponiendo prohibiciones morales sobre la sexualidad, negando el placer y de la misma forma el sexo”.

Hasta la inserción de los cánones morales impuestos por el cristianismo, la categoría de “morbo” no se utilizaba para calificar a las relaciones no heterosexuales. En su artículo Nota sobre as categorias “gênero” e “sexualidade” e os povos indígena, la profesora Cecilia McCallum señala: “Un día un líder regresó de la ciudad con una revista pornográfica que fue revisada con muchas risas por todos. Los niños acabaron rompiendo las páginas repletas de imágenes y durante algunas semanas, innumerables fragmentos, con fotos explícitas de los nawa (blancos) practicando extraños actos sexuales volaron libremente en la aldea ya sin mayor interés para la población”.

“Este proceso de limpieza de lo impuro y pecaminoso desde la visión europea ha tenido consecuencias irreversibles”

Esta falta de tolerancia y comprensión de las relaciones sociales en las que la sexualidad es intrínseca a la construcción de la identidad del individuo, quien en su búsqueda de la aceptación social de la “comunidad imaginada” a la cual pertenece, fue estigmatizada por parte de la religión impuesta, proyectando así al indígena como enemigo de la “moral” y su dios, justificando de esta forma la evangelización mediante la represión de todos los nativos del “nuevo continente” mediante castigos, tortura y muerte en nombre de la “salvación espiritual”.

Al respecto, Fernandes cita Rifkin para señalar: “El imperialismo americano contra los pueblos nativos a lo largo de los últimos dos siglos que puede ser comprendido como una forma de convertirlos en ‘héteros’ [straight, en el original, cuyo significado es para designar la ‘heterosexualidad’ como para ‘el orden’, ‘correcto’, ‘derecho’] – al insertar a los pueblos indígenas en nociones anglo-americanas de familia, hogar, deseo e identidad personal”. De los muchos ejercidos por la Iglesia y los conquistadores, en 1513 el cronista Pietro Martire narra que en el istmo de Panamá, los europeos encontraron un numeroso séquito de nativos homosexuales, atraparon a 40 de ellos y los castigaron siendo devorados por los perros.

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La necesidad de visibilizar el goce en las relaciones sexuales

Este proceso de limpieza de lo impuro y pecaminoso desde la visión europea ha tenido consecuencias irreversibles. El psicoanalista Genevieve Morel señala que se generó una “forclusión que designa un rechazo más radical que la represión ya que es irreversible”. Al insertar en la mente de los nativos del “nuevo continente” que estas prácticas sexuales son diabólicas y antinatura, se ha llevado a la intolerancia contra las personas que expresan estas formas de interrelación social.

A pesar que la cultura europea y cristiana han tratado de borrar las relaciones afectivas entre personas del mismo sexo, en los pueblos indígenas el goce en las relaciones sexuales no los empuja a la heterosexualidad, dado que el acto sexual no se concibe exclusivamente con fines reproductivos. McCallum comenta: “Las personas nacidas y criadas en los ambientes sociales denominados indígenas aprenden formas de pensar y a ser abiertas a la innovación y la creatividad”. Así se resignifican los comportamientos y las formas de mantener los tipos de relación castigados por la moral.

“La cultura occidental no debe intervenir y ser un ente regulador del comportamiento social y político del nativo”

En consecuencia, surge la preocupación por visibilizar las relaciones sexuales-afectivas propias de los indígenas en las que el sexo no se entiende en términos morales, sino en el concepto del goce, el rol que cumple dentro del grupo y relaciones de micropoder. La cultura occidental no debe intervenir y ser un ente regulador del comportamiento social y político del nativo, ya que puede tergiversar estas interrelaciones convirtiéndolas en tema tabú en la sociedad contemporánea.

Dado que este tema en análisis hasta el momento define un modo de ser del individuo articulado por significantes dentro de los saberes inherentes de la cultura indígena, es primordial visibilizar la importancia del natural comportamiento en las relaciones sexuales con el fin de rescatar esta base primordial de esta cultura.

Enoc Merino Santi es doctorando en Antropología Social en el Museo Nacional de la Universidad Federal de Río de Janeiro (PPGAS/UFRJ). Además, es de nacionalidad Kichwa canelos de la amazonia ecuatoriana.

Bibliografía

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