Autonomías sociales y crisis de la modernidad colonial

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Foto: Yaymy Mamani Ccallaccass

Las experiencias de autonomía y autodeterminación de los pueblos y naciones originarias constituyen procesos diversos, abiertos y en permanente transformación. Desde sus territorios ancestrales hasta las ciudades, sus prácticas de autogobierno y organización comunitaria se reproducen, dialogan e inspiran nuevas experiencias de autonomía social. Su expansión plantea nuevos desafíos para los Estados uninacionales y abre debates sobre las formas de organización, los territorios y los horizontes de cambio social. Podrán ser contenidas y reprimidas, pero no tendrán vuelta atrás. Llegaron para quedarse, adaptarse y modificarse, como ocurre con todo proceso social complejo.

Las autonomías, autogobiernos y autodeterminaciones pueden ser amazónicas, andinas, de páramos o de costas marinas. Pero en su mayoría son rurales. Eso conlleva la imagen de ser como islas que navegan en mares gigantescos de colonialidad del poder, del saber y del ser. Los peligros de naufragio aparecen cuando añadimos las intensas tormentas globales y nacionales de violencia racista y extractivista de la modernidad colonial, que fueron ocultadas por un tiempo, detrás de la aparente “democracia liberal”, y que hoy profundiza el abierto despojo territorial y arrinconamiento de derechos. 

La modernidad colonial engendró y multiplicó dos grandes monstruos globales que hoy enfrentamos: la crisis climática y el autoritarismo racista. Ambos golpean de manera particular a los Pueblos Originarios y a los movimientos sociales, porque afectan sus territorios, formas de vida y derechos, pero también porque encuentran en ellos sociedades en movimiento, capaces de construir resistencias frente a estas amenazas. La expansión de las actividades extractivas y las nuevas formas de autoritarismo no son fenómenos aislados: profundizan las condiciones de despojo y desigualdad que históricamente han afectado a estos pueblos.

Las autonomías rurales, urbanas, originarias o sociales pueden nacer y proclamarse formalmente después de una asamblea, un congreso o algún otro evento colectivo. Sin embargo, su origen suele ser mucho más profundo y preceder largamente a ese momento de proclamación. Sus motores suelen encontrarse en conflictos y luchas de gran envergadura por la defensa de los derechos, los territorios, los bienes comunes y las formas propias de vida. En ese sentido, la autonomía no comienza con una declaración: se va construyendo en la organización cotidiana, en la capacidad de tomar decisiones colectivas y en la experiencia acumulada de enfrentar amenazas y defender derechos.

Artesanos de Qocha Moqo, Nación Q’eros, Cusco (Perú). La crisis climática y el autoritarismo racista son dos monstruos que engendró la modernidad colonial. Foto: Yaymy Mamani Ccallaccass

Motivaciones de las autonomías

La construcción de la legitimidad propia de las autonomías, en base a la paciente unificación de la heterogeneidad de organizaciones del mismo pueblo, es lo que otorga solidez y raíces estables al proceso. El reconocimiento legal del Estado no deja de ser importante y es un derecho a arrancar, pero no es lo prioritario y va en segundo lugar. Desde esta perspectiva, primero es necesaria la autonomía de hecho y esto da curso a que más tarde se convierta en una autonomía de derecho. Así, nos basamos en el principio de realidad, antes de lo formal y burocrático. 

El territorio es un eje central de las autonomías: es tanto el espacio físico como un sistema integral que articula vida, hábitat, cultura, espiritualidad, colectividad, sostenibilidad de los comunes, de los bienes comunes y de usos comunes que los “comunalizan” con marchas y contramarchas. Implica pactos sociales u horizontes que cristalizan procesos y liderazgos, como cuidado profundo de las bondades de la naturaleza (madre tierra o yakumama) o hábitat urbano bio cultural. El territorio no se limita a una mercancía o lucro del poder: es un requisito para vivir en paz, mantener la armonía y alcanzar el buen vivir o vida plena.

El relevo intergeneracional exige que las juventudes conozcan y mantengan viva la memoria colectiva, fortalezcan sus vínculos con los procesos de resistencia y contribuyan a recrear nuevos espacios de autodeterminación.

El relevo intergeneracional exige que las juventudes mantengan viva la memoria colectiva y fortalezcan sus vínculos con los procesos de resistencia.

Las autonomías necesitan tener sentido y ser necesarias para sus poblaciones, no solo en su dimensión política, histórica, filosófica o ideológica, sino también para garantizar una mejor calidad de vida integral, en lo cotidiano, personal, familiar y colectivo. Esto es esencial para la permanencia y la unidad de las autonomías, especialmente para manejar las divergencias, evitar la polarización y la fragmentación, que suelen estar conectadas con las disputas por espacios electorales o de poder en el Estado (dos peligros latentes que cercan y fracturan las autonomías sociales). 

También son fundamentales la resistencia histórica en defensa del territorio (en sus dimensiones material, cultural y espiritual) y la participación de las mujeres, con su fuerza y sus propuestas en la acción organizada. Cada generación enfrenta el desafío de sostener la defensa autonómica sin subordinarse al Estado. En contextos de crisis y violencia, adquieren especial relevancia las respuestas colectivas y reguladas de las guardias indígenas o comunitarias frente a la criminalidad. Finalmente, el relevo intergeneracional exige que las juventudes conozcan y mantengan viva la memoria colectiva, fortalezcan sus vínculos con los procesos de resistencia y contribuyan a recrear nuevos espacios de autodeterminación.

Asamblea en la comunidad de Coyllorpukio, distrito de Santiago, Cusco, (Perú). La participación de las mujeres en la acción organizada es fundamental. Foto: Yaymy Mamani Ccallaccass 

¿Qué frena y desarticula las autonomías?

Es importante identificar los procesos que penetran al interior de las autonomías, que son alimentados por presiones externas y se pueden normalizar, ya que de no ser resueltos, amenazan con desintegrarlas por dentro. Entre estos factores destaca el sistema educativo estatal, privado o religioso, que viene desde fuera de los territorios; atrapa a las infancias y juventudes; los encapsula y aleja de las dinámicas familiares y sociales; y quiebra la transmisión de los valores, cosmovisiones y estructuras autonómicas.

Otro problema son los programas asistencialistas del Estado, empresas, organizaciones no gubernamentales, iglesias y partidos políticos. Por otro lado, las campañas electorales imponen escenarios de demagogia, negocios políticos y polarización, que afectan los procesos organizacionales y, pasada la efervescencia, cuesta retomar los impulsos autonómicos. Se suman a ellos la penetración de las sectas religiosas que destruyen la espiritualidad propia, introducen pugnas en la convivencia comunitaria y dividen a las organizaciones.

Finalmente, se encuentra la creciente violencia que proviene del narcotráfico, de la minería legal e ilegal, de las operaciones extractivistas y de la criminalidad del sicariato, que golpea especialmente en las ciudades.

Peor aún, los partidos políticos optan por la manipulación o instrumentalización de las organizaciones, para las ambiciones de mayor poder partidario.

Por su parte, los partidos políticos parten a los pueblos, comunidades, familias, y organizaciones. La trampa de que el único espacio para cambiar la realidad social es el Estado y los cargos estatales (alcalde, congresista, funcionarios) minimiza, relega y abandona la acción territorial, que es la verdadera acción política social. Peor aún, los partidos políticos optan por la manipulación o instrumentalización de las organizaciones, para las ambiciones de mayor poder partidario.

Finalmente, se encuentra la creciente violencia que proviene del narcotráfico (producción, comercialización y distribución), de la minería legal e ilegal, de las operaciones extractivistas (hidrocarburos, soja, palma aceitera) y de la criminalidad del sicariato, que golpea especialmente en las ciudades. La violencia va de la mano de la descomposición del Estado, la democracia y la corrupción interna de las organizaciones, que genera complicidad con el crimen. El resultado es el asesinato o la persecución de los liderazgos, y el debilitamiento del tejido comunitario, una base esencial de los procesos autonómicos.

Protesta contra el gobierno de Dina Boluarte durante enero de 2023. Los partidos políticos parten a los pueblos, comunidades, familias, y organizaciones. Foto: Yaymy Mamani Ccallaccass

Nuevos horizontes de sentido

Esta revisión sugiere reabrir los debates desde la experiencia de los movimientos sociales y desde la sociedad en movimiento (rural y urbana) en sus dinámicas más profundas. Por eso es necesario potenciar los horizontes de futuro que se generan desde las prácticas autonómicas: el autogobierno, el mandar obedeciendo, el Allin Kawsay (el “buen vivir” del pueblo Quechua), Tarimat Pujut (la “vida plena” de los pueblos amazónicos Wampís y Awajún) y Ñandereko (“nuestro modo de ser” en idioma guaraní). Así como, en las urbes, la ciudad comunitaria, el hábitat vivo bio cultural, la autogestión urbana y la rururbanidad. 

Es relevante no constituir esencialismos inmutables, requerir el accionar colectivo y hacerlo en común, es decir, “comunalizar”. Problematizarlos como cuestiones abiertas a cada giro de los tiempos y realidades. Debemos evitar teorías u “holismos cerrados” que consideran las totalidades sociales locales, nacionales y globales como estructuras fijas, estáticas y dogmáticas. El reto es mantener los enfoques holísticos de los Pueblos Originarios, que entienden la totalidad como un sistema dinámico, abierto, flexible, interconectado y en constante evolución.

Se trata de revelar un patrón global de poder de la modernidad colonial y capitalista, que amenaza toda forma de vida y entra en una crisis generalizada, mediante la crisis climática, la desigualdad y el desborde del racismo y la polarización.

Se trata de revelar un patrón global de poder de la modernidad colonial y capitalista, que amenaza toda forma de vida y entra en una crisis generalizada.

Para avanzar al futuro, no se trata ya de atornillarse a un tipo de lenguaje; ni de esencializar las categorías, conceptos, teorías o el discurso de un movimiento; y menos aún de repetir el egocentrismo de ciertas individualidades. Se trata de proponer sugerencias teóricas motivadoras y, de resolver incoherencias, problemas y preguntas claves. Mientras algunos siguen apelando a discursos del pasado, en realidad, se necesitan nuevas teorías y nuevos horizontes de sentido, desde el impulso de las sociedades y autonomías en movimiento.

Se trata de ir más allá del “modo de producción” y de revelar que estamos bajo un patrón global de poder de la modernidad colonial y capitalista, que amenaza toda forma de vida y entra en una crisis generalizada, mediante la crisis climática, la desigualdad y el desborde del racismo y la polarización. No se puede vivir sin mercado ni Estado, pero tampoco se puede sobrevivir dentro de ellos: por eso los Pueblos y Comunas están en la encrucijada de asumir su sobrevivencia y su futuro. Las relaciones sociales de reciprocidad y su expresión en la forma social comuna deben asumir el reto de expandirse, coexistir e influir sobre el mercado y el Estado. Nunca habrá una sustitución completa, de un tipo de sociedad por otra, y el cambio social tendrá transiciones de interpenetración entre lo viejo y lo nuevo. 

Protesta contra Dina Boluarte en Huarocondo, Anta, Cusco. Hay que reabrir los debates desde la experiencia de los movimientos sociales y desde la sociedad en movimiento (rural y urbana). Foto: Yaymy Mamani Ccallaccass

El autogobierno frente al Estado uninacional en crisis

El balance histórico indica que fracasó el cambio social como acto extraordinario, de toma del gobierno por asalto o elecciones, o como ruptura “predestinada” de una sociedad ideal. Es inevitable resignificar el cambio social como una mutación social, que exige una transformación holística, interrelación de múltiples cambios y procesos de larga duración. Se debe transformar la colonialidad del poder tiene color, que se constituyó históricamente sobre el dominio de las “razas” indígenas y afrodescendientes (“razas” inventadas para justificar el racismo biológico), para marginar a Naciones y Pueblos de Abya Yala. 

De este modo, el cambio social es inevitable en la vida cotidiana y exige la descolonialidad del poder, del saber y del ser, en forma simultánea. Pero también es necesario desarticularla en forma diversa y heterogénea en el sexo (desde el patriarcado hasta el feminicidio), el trabajo (la explotación laboral y las formas modernas de esclavitud), los imaginarios (el eurocentrismo), la autoridad (estatalismo) y la naturaleza (el ecocidio, el extractivismo y la tecnolatría).

Esa complejidad implica que el Estado puede ser un área importante de lucha, pero no puede ser el único camino. De ese error estratégico estuvo lleno el siglo XX y siempre terminó en falsas ilusiones y frustraciones. Por eso, será imposible cambiar las cadenas mentales, solo desde la estructura estatal:  el Estado es una arena más de luchas, conflictos y desafíos. En el terreno de la autoridad colectiva, se trata de desarrollar estructuras, procesos y visiones, desde el autogobierno de los Pueblos y Comunas, frente a aquellas basadas en el Estado uninacional que hoy se encuentra en crisis.

Roberto Espinoza es sociólogo peruano, colaborador de organizaciones indígenas y miembro de la Red Descolonialidad y Autogobierno.